Las claves: una descripción

Las claves que enseñamos:

  1. la fiesta de ambos hijos;
  2. demostraciones costosas de amor inesperado;
  3. fuera del campamento (las huellas de Dios)
  4. pero yo les digo (Cristo el fundamento);
  5. él nos amó primero;
  6. más que
  7. un pueblo, dos tradiciones (Cristo el centro);
  8. las cicatrices del Cordero ayer, hoy, y siempre

LA FIESTA DE AMBOS HIJOS
Como se reconoce en el mismo texto de Lucas 15, Jesús enseñó la parábola del hijo pródigo para arrojar luz sobre la naturaleza de su ministerio, ante el escándalo de su solidaridad con la gente inmunda. Los versículos 1-3 lo indican claramente: «Muchos recaudadores de impuestos y pecadores se acercaban a Jesús para oírlo, y esto escandalizaba a los fariseos y a los maestros de la Ley, que murmuraban: Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos». Entonces les contó esta parábola…».

En la sencillez del cuento, queda claro que Jesús representa al padre. Los oyentes «justos» se identifican implícitamente con el hijo mayor. En muchas tradiciones evangélicas, el hijo mayor no importa, ya que la esencia del relato es el arrepentimiento del hijo menor y su acogida por el padre. En los estudios «al paso de Jesús», sacamos el jugo de todo el panorama de los tres personajes.

En los estudios, ponemos bajo la lupa el deseo del padre de que el mayor entre en la fiesta. ¿Podría esto ser una indicación de lo que podríamos describir como el ideal del Reino de Dios: que ambos hijos celebren juntos con su padre? Nosotros creemos que sí. Para alcanzar este ideal, los dos hijos deben arrepentirse: el menor, de sus caminos vergonzosos; y el mayor, de su equivocado sentido de superioridad moral y de haber rechazado la generosidad de su padre con su hermanito.

Dado que Jesús contó la parábola con la intención de explicar el carácter de su ministerio, nosotros enseñamos que la historia funciona como un espejo. Al observar la parábola, vemos reflejado a Jesús comiendo en casa de pecadores, mientras es criticado por los maestros de la ley. Así, la parábola ofrece una nueva perspectiva de los encuentros que Jesús mantuvo a lo largo de su ministerio público.

La parábola sirve, pues, de plantilla aplicada a las historias de los Evangelios. Según esta plantilla, podemos afirmar que Jesús anunciaba su reino siguiendo un patrón repetido de tres personajes: el padre, el hijo menor y el hijo mayor. Él mismo, el evangelista, un «pecador» y un «justo». Tres figuras. Tres bandos.

Estos actos de solidaridad repetidos con personas «inmundas» y menospreciadas retaban a los «justos». El desafío para los justos tiene que ver con las implicaciones sociales de la fiesta de ambos hijos como ideal de Dios. Para creer en Cristo y seguirle en su vida, el ideal de la fiesta completa implica que mi fe en él se exprese conviviendo con aquellas personas que no se conformen con las normas de mi grupo religioso.

En este contexto, nos gusta ver a Jesús como un evangelista pacificador, por su mensaje unificador que busca a ambos de forma especial y personal con el fin de unirlos en la celebración.

Dentro del ideal de la fiesta de ambos hijos, comenzamos la vida de fe conociendo la extraordinaria gracia de Dios a través de la experiencia del hijo menor. Más adelante, en el camino hacia la fiesta completa, nos tocará conocer su gracia desde la experiencia del hijo mayor, cuando se extiende escandalosamente a nuestro enemigo, tan inmerecida como la consideremos.

DEMOSTRACIONES COSTOSAS DE AMOR INESPERADO
La expresión «demostraciones costosas de amor inesperado» es del teólogo Kenneth E. Bailey (Jesús por perspectivas desde el Medio Oriente, p. 208). Pretende describir las dinámicas penetrantes presentes en los encuentros de Jesús narrados en los Evangelios. Como actos de amor, manifiestan su carácter singular, costoso e inesperado. Son inesperados porque rompen con lo establecido por las normas y tradiciones de su pueblo. Son costosos porque el hecho de violar las normas no es tolerado por sus guardianes, lo que provoca acusaciones, hostilidades y persecuciones.

Como se podrá observar, esta clave del Evangelio aporta una nueva perspectiva. De hecho, de forma sumamente sugestiva, la perspectiva de «demostraciones costosas de amor inesperado» nos abre nuevos matices de la fiesta de ambos hijos, poniendo carne y hueso al esqueleto del campo de encuentro de tres actores.

Del mismo modo, como mostramos en el caso de la fiesta de ambos hijos y sus tres actores, los actos costosos e inesperados del amor de Jesús se repiten a lo largo de su ministerio público. Esta repetición termina vinculándose a la cruz de Cristo. Su ministerio, repleto de demostraciones costosas e inesperadas de amor, ilumina su camino hacia Jerusalén, que culmina de forma humillante con su último hecho costoso de perdón inesperado: la entrega en la cruz.

Estamos trazando el trayecto del ministerio público de Jesús y conectando los puntos que entrelazan sus encuentros, como una cadena o una serie de «demostraciones costosas de amor inesperado». Por un lado, esto nos permite ver su muerte en la cruz como la última y máxima expresión de los actos que vivió a lo largo de su vida. Por otro lado, nos permite ver cada encuentro a lo largo del camino como una «mini cruz». Como hace la orquesta, así van las demostraciones costosas de Jesús, notas en crescendo hacia el gran final de la pieza orquestal.

Afirmamos que Cristo murió en consonancia con su vida. Sus aflicciones redentoras comenzaron en la calle, entre el pueblo, tanto inmundo como limpio, a quienes liberaba y sanaba con amor y perdón, en medio de las acusaciones, condenas y hostilidades. En definitiva, su ministerio y su muerte encarnan un todo integrado, con el mismo espíritu y mensaje. Sugerimos que podemos ver los encuentros de Jesús en los evangelios como pequeñas cruces en el camino hacia la gran cruz.

Lo que plantea Bailey no es una palabra final. Como clave del Evangelio, es sumamente generadora. Como puerta de entrada a nuevas perspectivas, nos lleva a descubrir nuevos horizontes y profundidades. Por ejemplo, en el segundo módulo hacemos un ejercicio para ampliar nuestra perspectiva sobre la descripción de Bailey. El «amor», como sustantivo, abarca toda una constelación de sustantivos que expresan aspectos del amor. En este sentido, el amor es como una sombrilla o un paraguas que abarca muchos términos que demuestran las diferentes dimensiones del amor. Hacemos un ejercicio similar con el adjetivo «inesperado». De la misma manera, «inesperado» tiene una constelación de palabras que expresan aspectos de su significado. Esto despierta la imaginación y amplía el campo de importancia.

FUERA DEL CAMPAMENTO (las huellas de Dios)  
La crucifixión tuvo lugar fuera de la ciudad. Según el Evangelio de Juan, «el lugar donde crucificaron a Jesús estaba cerca de la ciudad» (Jn 19, 20). Estaba fuera, pero cerca. Para los judíos, la práctica romana de crucificar fuera de la ciudad tenía mucha lógica. En Israel, los espacios «fuera del campamento» o «fuera de la puerta de la ciudad» servían para preservar la pureza ritual del pueblo, apartando lo impuro para que no lo contaminara y manteniendo así su buen estado de limpieza ante su santo Señor (sin impurezas). Por tanto, eran espacios retirados del pueblo, destinados a lo impuro e inmundo, con el asociado sentido de oprobio y desdén.

Hoy en día hablamos de personas y grupos «al margen», «marginalizados», «excluidos» o en «la periferia». Jesús, el Mesías y Salvador, llevó a cabo su misión muriendo «fuera de la puerta de la ciudad», en un lugar al margen, un espacio de oprobio y desdén. El profeta Isaías describe al Mesías de la siguiente manera: «Despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, hecho para el sufrimiento. Todos evitaban mirarlo; fue despreciado, y no lo estimamos» (53:3).

No debe sorprendernos que el autor de la Carta a los Hebreos encontrara en este fenómeno de la historia de Israel una utilidad hermenéutica para explicar la obra de Cristo. Con esta lectura de la carta a los Hebreos en mente, volvamos a leer la parábola del pan con levadura (Lucas 13:20-21). Jesús toma un símbolo de inmundicia que, según la Ley de Moisés, no se podía consumir en los días consagrados a Dios, bajo amenaza de muerte y exclusión del pueblo. De forma sencilla, sin complicaciones, da a lo impuro y a lo corrupto una naturaleza contraria. En la parábola, la levadura representa la presencia de Dios y el crecimiento de su reino en la tierra. A la luz de esta lectura, otros textos cobran también mayor sentido. Por ejemplo, «al que no conoció pecado, por nosotros Dios lo hizo pecado» (2 Cor 5:21) y «Cristo nos rescató de la maldición de la ley al hacerse maldición por nosotros» (Gál 3:13).

En esta serie de clases, resulta llamativa la integración de la clave «fuera del campamento» en relación con «la fiesta de ambos hijos» y «las demostraciones costosas de amor inesperado». El padre corre a buscar al hijo menor, fuera, donde está el joven impuro e inmundo, para acompañarle a la celebración sin darle importancia alguna a su inmundicia. El extraordinario acto del padre de salir «fuera del campamento» para recibir al hijo menor es una «demostración costosa de amor inesperado». Esto, a su vez, provoca el rechazo del hijo mayor, que no soporta la generosidad y audacia de su padre. El ideal del reino es que ambos hijos se unan en la celebración del padre, por lo que este ruega al mayor que entre donde estaba su hermanito.

Un enfoque que agrupe dichas claves del Evangelio es lo que llamamos el reino al revés. Es decir, que el reino de Dios, tal y como lo manifestó Jesús, se caracteriza por ser al revés que los criterios comunes. Como en un cuadro, cada clave rellena ciertos matices esenciales de la imagen invertida. La fiesta de los dos hijos, el amor inesperado y las huellas de Dios fuera del campamento se refuerzan unas a otras, y añaden contornos que realzan la naturaleza multidimensional del carácter invertido del amor y el poder de Dios para manifestar su reino entre nosotros.

En general, frente a los criterios que buscan el reconocimiento, la fama, la pureza social y la superioridad racial, el derecho a dominar y excluir, el enfoque del Reino al revés reconoce cómo Jesús otorga un valor especial a «los últimos»: la amistad con «pecadores», el desinterés por su propio estatus social y el servicio antes que ser servido. «Al revés» implica contradicciones con lo aceptado, sorpresas con lo esperado y choques con normas y tradiciones. Este carácter invertido se manifiesta concretamente en los espacios sociales de oprobio, humillación y condenas, donde encontramos las huellas de Dios, presente y solidario con «pecadores» y personas consideradas «inmundas».

Debido al carácter invertido del reino de Dios, podemos quedar ciegos viendo, y ciegos podemos terminar viendo. Por eso, Jesús advirtió: «Al que tenga oídos, que oiga…». Por su naturaleza invertida, nos insta a cultivar la vista sensible y la escucha atenta para detectar las huellas de Dios «fuera del campamento».

PERO YO LES DIGO (Cristo el fundamento)
Pablo escribió a los corintios que “nadie puede poner un fundamento diferente del que ya está puesto, que es Jesucristo” (1 Cor 3:11). Jesús de Nazaret, el Cristo, es el fundamento de nuestra fe. No hay otro. Como fundamento, Cristo representa lo nuevo, ya que su testimonio encarnado es la revelación de Dios que superó todas las señales anteriores. Antes de su testimonio encarnado, Dios había dado a Israel un fundamento en forma de pactos y señales. Nos referimos a la norma de la circuncisión, la ley como don divino, la tierra prometida, la ciudad santa, el templo donde moraba Dios y la casa real de David.

El pueblo se identificaba profundamente con estas señales. No obstante, con la venida de Cristo, el fundamento de las señales anteriores quedó anticuado, superado por el testimonio de Jesús (Rom 3:20-21). La vida de Jesús reveló plenamente el carácter de Dios y su reino (Juan 10:30, 14:6; Col 2:9; Heb 1:3; 1 Juan 1:2). Esta afirmación va más allá de una simple declaración sobre la divinidad de Jesús. Estos estudios no solo afirman que Jesús es Dios, sino que también afirman que Dios es Jesús. Por tanto, en el aprendizaje «al paso de Jesús» exploramos la pregunta tan acertada: ¿qué clase de Dios vino a visitar a su pueblo en la persona de Jesús el Cristo?

Introducimos a Cristo como fundamento mediante su refrán repetido: «Pero yo os digo» (Mt 5: 21-48), en el momento en que enseñaba que su camino era superior a la ley de Moisés. Por ejemplo: «Han oído que se dijo: “Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo”. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo» (vv. 43-45).

Desarrollamos esta clave del Evangelio por dos maneras. En primer lugar, mostramos la continuidad y la discontinuidad con respecto al fundamento original que Dios estableció con su pueblo. ¿Qué queremos decir con esto? En el texto citado se aprecia la continuidad de Jesús respecto a la ley de Moisés, que sirve de punto de referencia. Se sitúa dentro de la historia de Dios con Israel. Su frase «Ustedes han oído que se dijo» suena así: «Oyen, mis hermanos. Somos de la misma familia y conocemos la misma historia… Ustedes han oído que se dijo tal y tal cosa. Esto refleja la continuidad con el pasado.

Al mismo tiempo, percibimos la discontinuidad con su refrán «Pero yo les digo». El «pero» indica una ruptura, una discontinuidad que está por señalar. Jesús quiere decir: «Somos de la misma familia. Nos criamos escuchando las mismas historias con los mismos héroes de la fe. ¿Pero saben una cosa? La enseñanza que les doy es mayor que toda enseñanza anterior. La historia que estoy demostrando en medio de ustedes es mucho más grande y de mayor peso que todas las historias de nuestros antepasados. «Ustedes han oído que se dijo: pero yo les digo… que hay un camino mayor. Hay una vida en Dios que jamás se ha visto hasta ahora».

Recordemos el texto de 1 Juan, “Esta vida se manifestó. La hemos visto y damos testimonio de ella, y les anunciamos la vida del tiempo venidero (la vida eterna) que estaba con el Padre y que se nos ha manifestado”.  En este sentido, Jesús cumplió la ley antigua viviendo una revelación plena de su Padre celestial (Mt 5:17-18).

Cabe destacar que «al paso de Jesús» enseña la importante implicación de tener a Cristo como fundamento. Nos referimos al hecho de elevar el testimonio de Cristo en los Evangelios con la cruz en el centro, como punto culminante desde el que interpretamos las Sagradas Escrituras y lo que nos enseñan sobre el carácter de Dios, el ideal de su reino y el camino de nuestro discipulado. Esta posición tiene todo el sentido si consideramos a Cristo como el fundamento de la fe que es. Esto nos lleva a la problemática de una lectura que trata todos los versos de la Biblia con la misma autoridad. Es lamentable y una pena ante nuestro Señor que esta forma de leer la Biblia termine desplazando el testimonio de Cristo como fundamento de interpretación y opte por figuras previas a Cristo, como Abraham, Moisés, David o Daniel.

A lo largo de esta serie, expresamos el carácter del fundamento en Jesús, desde la inauguración de su reino hasta su culminación en la gran y costosa demostración de amor inesperado en la cruz. Por tanto, Jesús el Cristo es la nueva y singular señal de Dios y la vida del tiempo venidero.

Él NOS AMÓ PRIMERO
“Nosotros amamos porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). Esta clave pone de manifiesto una secuencia divina que afecta a casi todo lo relacionado con la vida de fe. Dios actúa primero. Nos amó. Nosotros respondemos a su iniciativa. El estudio utiliza la imagen de un baile de dos pasos. Dios es quien da el primer paso al amarnos, y nosotros respondemos con el amor que hemos recibido. En gratitud y libertad, replicamos lo que hemos recibido: perdonamos, servimos, etc. De este modo, se rompe con un evangelio centrado en el ser humano que construye sistemas moralistas (agrado a Dios y me bendice) y esquemas pragmáticos (cumplo y Dios da resultados). Estos funcionan como leyes y principios al servicio de la prosperidad, el éxito y el dominio.

Obviamente, esta clave es fruto de la experiencia y las observaciones del apóstol sobre el testimonio de Jesús, a quien siguió de cerca durante tres años por las sendas de Palestina. «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con las manos, esto les anunciamos respecto al Verbo que es vida» (1 Juan 1:1). En el relato del bautismo de Mateo se observa la clave de dos pasos: «Él vio cómo el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él”» (Mt 3, 16-17). Jesús vivió primero en el amor de su Padre celestial. Conoció la gracia. Con su experiencia del amor de su Padre, salió amando a los demás. Recibió para dar.

En su llamado a los doce, el texto indica el motivo: «para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar y a ejercer autoridad». (Mc 3, 13-15). La experiencia de acompañar a Jesús era la base sobre la que podían servir con él y como él. La forma en que Jesús ejercía el poder y la autoridad no era la común en su sociedad. Solo acompañándolo podían conocer sus costosas demostraciones de amor inesperado. Solo viéndolo de cerca podían sentir su amor por las personas inmundas. El nuevo mandamiento de Jesús parece ser una invitación a imitarlo: «Ámense los unos a los otros, así como yo los he amado» (Juan 13:34). Esto se repite más adelante: «Así como el Padre me ha amado, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Mi mandamiento es que se amen los unos a los otros, como yo los he amado» (Jn 15:9-12).

Este baile de dos pasos, una secuencia divina que se basa en la gracia de Dios, se manifiesta en las cartas del apóstol Pablo, que suele comenzar inspirando a los creyentes con la grandeza del amor de Dios por ellos. Es decir, primero exalta la obra de Dios en Cristo. Luego, a la luz de la obra de Dios, exhorta a «vivir de una manera digna del Evangelio» (Ef 4:1). Cuando la exhortación a la fidelidad se presenta primero, se coloca al creyente en el centro, como si fuéramos nosotros quienes iniciáramos, y Dios nos recompensara según nuestras acciones[1].

En el relato de Genesis, Dios ordenó el día de la siguiente manera: «Fue la tarde y la mañana, el primer día» (Génesis 1:4). El día, según Dios, no comienza por la mañana, cuando supuestamente despertamos y nos activamos. El día comienza cuando estamos descansando y Dios nos cuida. Nos levantamos por la mañana para reunirnos con Dios, que ya está activo. En esta secuencia divina, recibimos descanso y fuerzas para trabajar y aportar al mundo.

Este patrón también se observa en la elección de Israel como pueblo de Dios entre las demás naciones. Dios escogió a los hijos de Jacob para que fueran su pueblo, apartado para él. Primero Dios amó al pueblo. Lo escogió. Les dio la ley. Ellos recibieron la liberación de la esclavitud. En un segundo momento, fueron llamados a transmitir a otros pueblos el conocimiento de su Dios.

Estimulamos la visión de esta clave y sus implicaciones ampliando su alcance con otros verbos en lugar de «amar». Por ejemplo,  

  • Servimos a los demás porque Él nos sirvió primero.
  • Somos fieles porque Él nos fue fiel primero.
  • Buscamos a Dios porque Él nos buscó primero.
  • Perdonamos porque Él nos perdonó primero.
  • Somos nuevas criaturas, porque Cristo se hizo nuevo primero.

También conversamos sobre distorsiones de la clave. Por ejemplo:

  • «Amamos porque Dios nos ha mandado que amemos». (para ser obediente).
  • «Amamos porque amamos al Señor». (amar es fruto de nuestro amor por Dios).
  • «Amamos para que Dios nos ame». (Amar para agradar a Dios y recibir su bendición).

Concluimos con el caso de Pedro y sus negaciones al maestro. No busca a Jesús. Se va. Vuelve al norte. Jesús lo buscó. Así aprendemos una lección que Dios considera esencial para sus líderes. Nosotros amamos porque él nos amó primero.

MÁS QUE
“Cómo se te ocurre pedirme agua, si tú eres judío y yo soy samaritana?” (Juan 4:9) En el módulo 1 de «Al paso de Jesús», la clave del Evangelio, lo que llamamos «más que», surge del sentido de identidad que Jesús manifestaba hacia su prójimo, la mujer samaritana. En el relato, Jesús conversa con la samaritana junto a un pozo. Observamos cómo se identificó Jesús de forma contundente como judío y, al mismo tiempo, relativizó el límite étnico-religioso de su propio pueblo, mostrando un sentido de identidad mayor que simplemente ser judío. Jesús era judío, pero también era más que judío. Lo uno no niega, anula ni compromete lo otro. Afirmaba ambas dimensiones de su lugar en el mundo y el límite de su pueblo en relación con los de afuera.

Podemos describir esto como una doble afirmación de uno mismo. En el caso de Jesús, la primera afirmación es «soy judío», mientras que la segunda es «me veo más que judío». Hay otra doble afirmación dirigida a la otra persona. En el caso de Jesús, esto se expresa así: «Tú eres samaritana y más que samaritana». Esta doble afirmación surge del trato abierto e inclusivo de Jesús hacia la samaritana. Jesús la trataba como a la samaritana que era y, al mismo tiempo, más allá de su etiqueta social y de su género femenino. La trató como un ser humano digno de su respeto y de ser incluida en su círculo de pertenencia.

El poder de estas doble afirmaciones se manifiesta en la capacidad social de atravesar límites en solidaridad con el prójimo ajeno. Y todo ello sin perder la propia identidad, que es distinta. Jesús no negó su identidad como miembro de su nación ni minimizó la importancia de la historia salvífica de su pueblo. Al mismo tiempo, su sentido de identidad le permitió acompañar a los enemigos de su pueblo para invitarlos a «la fiesta» (recordemos el ideal del reino en la parábola del hijo pródigo: la fiesta de ambos hijos), sabiendo que dicha postura abierta le iba a exponer a la acusación de traición. En definitiva, como mensajero de su Padre, Jesús enseña a los samaritanos que el Dios de Israel es también el Dios de los samaritanos..

Las manifestaciones contemporáneas de las doble-afirmaciones son muchas:
–“soy evangélico y más que evangélico. Usted es católico y más que católico”;
–“soy venezolano y más que venezolano. Usted es colombiano y más que colombiano”.
–“soy heterosexual y más que heterosexual. Usted es gay y más que gay”.  

En el segundo módulo, la clave se aplica al conocido texto del Sermón del Monte: «Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo: no resistan (violentamente) al que les haga mal. Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Si alguien te pone pleito para quitarte la camisa, déjale también la capa. Si alguien te obliga a llevarle la carga un kilómetro, llévasela dos» (Mateo 5:38-41). A continuación, explicamos los siguientes puntos, que son esenciales para comprender este texto.

Jesús se dirige a las personas que son el blanco de humillaciones, insultos, y abusos de poder.

Jesús enseña a ejercer el poder ante aquellas personas que te subyugan o te explotan abusando de su poder. (No está enseñando a permitir los abusos y daños físicos.)

Jesús enseña a dar una respuesta firme y propia. (“volverle la otra mejilla…dejarle también tu capa…llevar la carga otra milla”.)

Jesús enseña respuestas creativas y no violentas–con el doble fin de exagerar el mal del abusador y poner en relieve lo justo de su propia causa.(Implica sufrir; no como víctima, sino protagonista, manteniendo la dignidad.)

Jesús muestra que las víctimas pueden ser más que víctimas.

En resumen, para enseñar a no resistirse con violencia a quien les haga daño, Jesús les da tres ejemplos concretos de cómo poner en práctica su enseñanza mediante actos creativos que rompen el ciclo de abuso, violencia y represalias. El reino al revés que vino demostrando debió abrir nuevos horizontes en las relaciones humanas. Así lo reforzaba el apóstol Pablo en las iglesias que fundaba:

“No paguen a nadie mal por mal…no tomen venganza…no te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien” (Rom 12:17, 19, 21). Enseñamos que esto se refuerza con el mensaje de la cruz, donde Dios vence el mal con el bien.

UN PUEBLO, DOS TRADICIONES (Cristo el centro)
En muchas iglesias evangélicas no se habla de «tradición». Creemos que no tenemos tradiciones como tal porque nuestro evangelio es puro. Hablar de tradiciones es cosa de la Iglesia católica o de los fariseos de los Evangelios con sus «tradiciones de los hombres». La clave del evangelio, introducida en el séptimo estudio, se puede llamar «Un pueblo, dos tradiciones (Cristo, el centro)». Nos atrevemos a afirmar que esta clave tiene el poder de liberarnos de la óptica sectaria y la actitud arrogante que presume de una pureza doctrinal superior.

En Mateo 8, Jesús se encuentra con un centurión romano y, al oír lo que dice, se asombra y se dirige a sus seguidores: «Les aseguro que no he encontrado en Israel a nadie que tenga tanta fe. Les digo que muchos vendrán de oriente y occidente y participarán en el banquete con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos. Pero a los súbditos del reino se les echará fuera…». (vv. 10-12). Según este texto, personas como este centurión romano tendrán un puesto en la mesa con Abraham y los patriarcas de Israel. ¿Con qué criterio entrará el centurión romano y otros como él en el reino de los cielos? Por un lado, el relato nos enseña que será por el criterio de la fe en Jesús. Esto implica algo contundente para sus paisanos que atestiguaban este acontecimiento público: la señal de la circuncisión quedó fuera, sin mención alguna, como criterio universal para pertenecer al pueblo de Dios. En este relato, Jesús da la impresión de que la circuncisión no mereció una mención por su parte como requisito para la inclusión del centurión. No hacía falta ningún otro billete de entrada.

De esta forma, Jesús rompe con el carácter «perpetuo» de la circuncisión al suplantar (reemplazar) toda señal previa que Dios había dado a su pueblo para determinar quién pertenecía a él. Recordemos la clave «pero yo les digo» y la cuestión de la continuidad y la discontinuidad en relación con la ley y las señales antiguas. Como fundamento que es, Cristo ocupa el centro (ante cualquier otro criterio). Es decir, todos los demás criterios son penúltimos ante él.

Para comprenderlo mejor, examinamos dos tipos de agrupaciones: la cercada y la centrada. En el grupo cercado, la pertenencia se establece mediante la conformidad a una norma, como la circuncisión. Todos los miembros del grupo viven conforme a las mismas prácticas y creencias. Según esta forma de definir la nueva comunidad de fe en Cristo, los primeros cristianos de tradición judía pedían a los creyentes gentiles que se sometieran al rito de la circuncisión. Sin la circuncisión como práctica universal para todos, los cristianos judíos no podían compartir la mesa de comunión con los cristianos gentiles.

En una agrupación cercada las prácticas asumen el carácter de condición para pertenecer al grupo. La circuncisión funcionaba así según la antigua ley. En la actualidad, existen muchas normas en las congregaciones evangélicas que cumplen esta función. Para pertenecer a ellas, hay que conformarse a dichas normas. Esto lo entienden las personas no creyentes cuando dicen: «Cuando me componga, iré a la iglesia». Saben que hay normas de conducta para pertenecer y han captado el mensaje de que la pertenencia requiere abandonar esos comportamientos. La línea que define la comunidad se construye con las prácticas y conductas que consideramos «santas» y agradables al Señor, o con las creencias necesarias para pertenecer.

Según la agrupación centrada, lo que define la pertenencia al grupo no es la conformidad a la misma ley, sino la orientación de cada persona hacia Jesús el Cristo. Da igual si está circuncidado o no, si ha sido bautizado en el nombre de Jesús o de forma trinitaria. Lo que lo define todo es su orientación con relación a Cristo. En el grupo formado por personas orientadas hacia Cristo y su obra en la cruz pueden existir dos tradiciones o más, y siguen siendo un pueblo.

En un grupo centrado, se distingue entre la práctica y su significado. En el caso del bautismo, se reconoce que dos prácticas pueden expresar el mismo significado. Son dos formas de manifestar públicamente la alianza y la fe en el Señor, dos intentos íntegros con argumentos bíblicos (distintos a los míos, tal vez) que expresan fidelidad al Señor. La comunidad se constituye sobre personas que están en proceso de conocer a Jesús como Señor. Personas con una imagen pecadora (que fuman, beben, etc.) pueden sentirse bienvenidas en la congregación y participar mientras conocen a Jesús y se forman. Llegan a creer en Jesús por pertenecer al grupo primero. En los grupos cercados, es necesario profesar la fe para pertenecer.

En el Nuevo Testamento, creyentes circuncisos e incircuncisos formaron un pueblo, avanzando y retrocediendo, mientras ejercitaban dos tradiciones, porque, según el Evangelio predicado por el apóstol Pablo, en Jesús somos uno, aun cuando tengamos distintas prácticas. La unidad no consiste en la uniformidad de prácticas y doctrinas, sino en nuestra fe, alianza y paz en Jesús y su cruz.

LAS CICATRICES DEL CORDERO AYER, HOY Y SIEMPRE
«Como el Padre me envió a mí, así yo les envío a ustedes» (Juan 20:21). Este texto ha servido de punto de partida para todo el trayecto de Al paso de Jesús. Jesús vinculó la vida que recibió de su Padre con la vida que encomendó a sus discípulos. De esta forma, existe un hilo vivencial que los une. El testimonio de Jesús sobre el carácter de su Padre se convierte en el testimonio de sus discípulos sobre el carácter de Jesús. A la luz de esto, las claves del Evangelio que presentamos adquieren una dimensión especial como intentos (modestos, incompletos, pero dinámicos y generadores) de describir las características del envío del Padre al Hijo y del Hijo a sus discípulos.

Si esto fuera poco, el momento de dicha comisión no es cualquier momento. «Poniéndose en medio de ellos, los saludó: ¡La paz sea con ustedes! Dicho esto, les mostró las manos y el costado…» (Juan 20:19-20). Por alguna razón, y quizá por muchas, Jesús les muestra las cicatrices de sus manos y su costado, y luego les envía «tal como» el Padre le había enviado a él. ¿Cómo había enviado el Padre a su hijo Jesús? De nuevo, las claves del Evangelio que se introducen en esta serie nos permiten explorar una visión amplia e inspiradora de esa misión que contemplamos en Jesús y que, a su vez, recibimos como discípulos con el Espíritu de Jesús (Jn 20:22). En efecto, las cicatrices de las manos y el costado del Cordero son una ventana única que abre mundos de gran importancia sobre el Evangelio que conocemos por el testimonio encarnado de Jesús, el Hijo del Padre.

En la octava sesión de «Al paso de Jesús», iniciamos nuestras reflexiones sobre el significado de esta misión extraordinaria llevada a cabo en presencia del Crucificado que vive y comisiona. De forma introductoria, ofrecemos un marco inicial para explorar este tema y sus implicaciones para nuestras tres grandes preguntas orientadoras: ¿qué nos enseña sobre el carácter perdonador de Dios y el carácter invertido de su reino? Y, ¿el carácter de nuestra búsqueda de la fiesta de ambos hijos en Cristo?

El marco surgió cuando vinculamos nuestro punto de partida (Juan 20:19-23) con 1 Juan 1:2: «Esta vida se manifestó. Nosotros la hemos visto y damos testimonio de ella, y anunciamos a ustedes la vida del tiempo venidero, la vida eterna, que estaba con el Padre y que se nos ha manifestado». Significativamente, la traducción de la frase «la vida del tiempo venidero», en lugar de «la vida eterna», arroja una luz distinta sobre su significado (ver Thomas Wright, The Kingdom New Testament, 2011). Esto se nota en el mismo lector que se enfrenta al texto. La traducción por «la vida eterna» nos lleva a pensar en su carácter infinito, en un tiempo que no termina. En cambio, «la vida del tiempo venidero» nos provoca inquietud: ¿qué clase de vida será el tiempo venidero? La primera tendencia nos lleva a limitar nuestra óptica a la duración de aquel tiempo, mientras que la segunda provoca nuestra curiosidad sobre la naturaleza y los atributos de aquel tiempo.

La lectura de 1 Juan 1:2 nos llevó a identificar cuatro momentos de «vida». La vida manifestada por Jesús, el Hijo. La vida anunciada por los discípulos. La vida del tiempo venidero. Y, por ende, según el texto, la vida que estaba con el Padre. Cuatro momentos de «vida» en la historia y los propósitos de Dios. La encarnación del Hijo, la comisión de los discípulos, la consumación de los tiempos y la vida de Dios desde antes de su testimonio encarnado en la tierra. Cuatro momentos de vida.

Al vincular esto con Juan 20:19-23, obtenemos un marco útil para explorar este tema y el motivo por el que se denominan «las cicatrices del Cordero ayer, hoy y siempre» la clave maestra de toda la serie. Al contemplar al Crucificado que vive y comisiona, con las cicatrices como signo de su entrega en la cruz, los discípulos pueden tomar conciencia de la vida manifestada durante los tres años de ministerio itinerante, una vida que Jesús les enseñó que revelaba al Padre (Juan 1:18; 5:19-43; 8:19; 10:30). Además, podrían descubrir el motivo de su comisión en el Espíritu para llevar a cabo un ministerio de perdón como el de su Señor crucificado. El apóstol Juan, en su visión apocalíptica, describe al Cordero dando forma a la Nueva Jerusalén. Las cicatrices, como evidencia y prueba del testimonio fiel del Hijo, le otorgan el derecho de abrir el último rollo y sus siete sellos, ya que es el designado por el Padre para reinar en el nuevo mundo según su identidad y carácter como Cordero de Dios (Apoc. 1:5; 5:5-6; 21:9-22:1).

Con esto, afirmamos que, cuando contemplamos las cicatrices del Cordero, contemplamos los cuatro momentos de «vida»: el testimonio fiel del Hijo, la comisión y el Espíritu de los discípulos, el cumplimiento de la gran promesa de un nuevo mundo y la vida y el carácter del Padre que lo genera todo. Así, nos encontramos haciendo zoom de los grandes temas de la vida en Dios: la naturaleza de su amor, su perdón, su poder, su esperanza, su servicio y el nuestro. Además, volvemos a apreciar la enorme relevancia que tienen las claves de este aprendizaje, que son un intento de apropiarnos en nuestro discipulado de estas características de la vida y el testimonio de Jesús.

En resumen, cabe destacar que el hecho de nombrar esta clave del Evangelio, «las cicatrices del Cordero», no es lo especial de esta enseñanza. Ese nombre es simplemente una forma de contemplar la cruz de Jesús y reconocer al Cristo crucificado, levantado por su Padre, como el eje de la revelación de Dios sobre sí mismo. La clave podría tener otros nombres, ya que las claves son intentos de describir los hechos del testimonio de Jesús.


[1] Es cierto que Dios también responde a nosotros y a lo que hacemos o no hacemos. Estamos enseñando que esto no es una ley o principio que determina la actuación de Dios con nosotros; como que hacemos lo correcto creyendo que Dios, por dichas leyes, tiene que responder conforme a nuestro cumplimiento de lo que entendemos por su voluntad. Su misericordia transciende el alcance de nuestra fidelidad a su voluntad. Dios no está limitado, ni sujeto a solamente responder a nuestros esfuerzos y peticiones. Dios actúa mucho más allá de nuestra parte y aun antes de poder suplicarlo.